Aunque surcamos los obstáculos la sonrisa se empezó a extinguir,
el juego se volvió grito, el amor se tradujo en peleas, garabatos, odios y los platos volaban como nubes
y nuestras fotos enmarcadas parecían bumerangs de guerra.
El juego ya no era de niños, era de ensordecedoras palabras, angustiadas, teñidas de sangre y plomo.
Una noche llegó con olor a fritura y pisco, sembró clavos a su paso, astillas por doquier lo siguieron y se incrustaron en la pared.
Yo no sabía, no sabía...
de abuso de poder, de sonidos guturales y muecas al comer.
Ahora corro libre, sin fotos echas trizas, sin golpes bajos, sin moretones ni pelo corto.
Ahora vivo libre.
OFELIA

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